Population Reports, Serie J, Número 41

CONTENIDO

        Capítulos
  1. Números crecientes, necesidades diversas
  2. Crecimiento, cambios y riesgos
  3. Programas para adultos jóvenes
  4. Resultados de las evaluaciones
  5. Cómo ganar el apoyo de la comunidad y los adultos jóvenes

TEMAS PRINCIPALES

Junto con este número: Publicación del Population Information Program, Center for Communication Programs, The Johns Hopkins School of Public Health, 111 Market Place, Suite 310, Baltimore, Maryland 21202-4012, USA.


Volumen XXIII, Número 3
Octubre 1995

¿Son los programas útiles o perjudiciales?

¿Es la educación sexual causa de promiscuidad? Ese es el temor de los opositores de los programas de educación sexual. Estos arguyen que si se toca este tema se despierta la curiosidad de los jóvenes, se reduce la reserva de estos acerca de las cuestiones sexuales y se fomenta la actividad sexual (103, 180, 427, 522).

Los hechos, sin embargo, contradicen estos argumentos. De acuerdo con un examen encomendado por la Organización Mundial de la Salud, no hay nada que sostenga el argumento de que la educación sexual promueve la experimentación sexual o una mayor actividad sexual (181). Después de analizar más de 1.000 informes sobre programas de educación sexual de todas partes del mundo, los autores concluyeron que los cursos de educación sexual no llevaron al inicio temprano de las relaciones sexuales y en algunos casos las retrasaron.

Retraso del inicio de las relaciones sexuales. Los programas escolares pueden dotar a los jóvenes de la habilidad que necesitan para postergar el inicio de la actividad sexual (36, 181). Entre los estudiantes de las escuelas secundarias de los Estados Unidos que tomaron el curso de 15 horas titulado "Cómo reducir el riesgo", solo 29% del grupo participante iniciaron la actividad sexual 18 meses después de finalizar el curso, en comparación con 38% del grupo testigo de estudiantes que no habían tomado el curso (260) (véase el Cuadro 10). El curso ayudó a los estudiantes a decir que no a las relaciones sexuales no deseadas (véase la Diseño y métodos del programa in Capitulo 4.2).

En un segundo programa estadounidense titulado "Cómo postergar las relaciones sexuales", se logró retrasar el coito entre los varones y niñas de 13 a 14 años de edad (216) (véase el Cuadro 10). Después de ponerse en marcha el programa en 1983, se les preguntó a los estudiantes acerca de sus necesidades. Aproximadamente 84% de las niñas querían saber "cómo decir que no sin herir los sentimientos de la otra persona" (216). El programa se adaptó para satisfacer esta necesidad, y ahora las adolescentes mayores enseñan un programa que ayuda a los jóvenes a resistir la presión de los compañeros y suministra información sobre la sexualidad humana y la anticoncepción. Los estudios de otros programas de información sobre la sexualidad en México y Estados Unidos revelan que los egresados de estos programas no comienzan a practicar el coito antes que los demás jóvenes (115, 264, 378).

No aumenta la frecuencia del coito. En Australia, Suiza, Tailandia y los Estados Unidos las evaluaciones han mostrado que los programas destinados a informar a los adultos jóvenes sexualmente activos acerca de los anticonceptivos no contribuyen a aumentar la frecuencia coital ni el número de compañeros sexuales (181, 196) (véase el Cuadro 10). Además, la provisión de servicios de salud reproductiva en las escuelas o lugares cercanos a éstas no contribuyeron a incrementar la actividad sexual sino que, en realidad, contribuyeron en algunos casos a retrasar la iniciación sexual (264, 266, 564).

Aumento del uso de anticonceptivos. En su mayoría, los programas no contribuyeron a aumentar el uso de anticonceptivos, pero algunos consiguieron hacerlo. En un estudio realizado en Suiza se encontró que el uso regular de condones aumentó entre los jóvenes después de una campaña de información sobre el SIDA a través de presentaciones en las escuelas, servicios de consulta telefónica directa, una red de computadoras y exposiciones en festivales de los pueblos, pero sólo después de la primera vez que los jóvenes habían tenido relaciones sexuales con una nueva pareja. Entre las jóvenes, las usuarias regulares de condones se elevaron de 71% a 77%, y entre los varones, de 38% a 54% (196). En varios programas de educación para la vida familiar se encontró que, si llegan a los jóvenes antes de que estos inicien por primera vez las relaciones sexuales, se logra aumentar el uso de anticonceptivos una vez que los jóvenes las inician. En México, por ejemplo, de 1.632 jóvenes sin experiencia sexual, 82% de las niñas y 55% de los varones que asistieron a un curso de educación para la vida familiar usaron anticonceptivos cuando comenzaron a tener relaciones sexuales, en comparación con 75% de las niñas y 32% de los varones que no tomaron el curso (379). Por otra parte, en este estudio mexicano y en dos estudios estadounidenses la educación para la vida familiar no influyó en el uso de anticonceptivos entre los estudiantes que ya eran sexualmente activos cuando tomaron el curso (215, 260, 378, 379).


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