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Octubre 1995 |
¿Qué se necesita para que los programas den resultado?
Basados en una teoría de modificación del comportamiento. Los cuatro programas con efectos positivos en el comportamiento sexual o anticonceptivo se basaban en la teoría del aprendizaje social, las teorías de la influencia social o en teorías de la actuación razonada. La teoría del aprendizaje social postula que el comportamiento se aprende observando e imitando a los demás y mediante la educación formal. Las teorías de la influencia social sugieren que, como el comportamiento se configura por normas y actitudes colectivas e individuales, es útil que las personas reconozcan las presiones sociales y desarrollen entonces los valores individuales y colectivos que apoyan el comportamiento saludable y apropiado. Las teorías de la actuación razonada afirman que la intención de las personas de adaptar el nuevo comportamiento pone de manifiesto las creencias y expectativas de esas personas y las normas sociales percibidas. En lugar de enseñar a los jóvenes a "decir simplemente que no", los programas basados en estas teorías suponen que la decisión de tener relaciones sexuales puede ser una opción individual, pero influenciada por el entorno social. Aunque pueda parecer que los jóvenes deciden tener relaciones sexuales, en realidad algunos tal vez decidan hacerlo porque, por ejemplo, tienen miedo de negarse, anhelan recibir afecto, temen herir los sentimientos de sus compañeros, o necesitan o quieren el dinero o los regalos que reciben. Por eso los programas escolares de Estados Unidos que han tenido éxito se concentran en reconocer las influencias sociales, modificar los valores y normas individuales y colectivas y en perfeccionar las aptitudes sociales (258). Contenido del programa. Los cuatro programas sin excepción suministran a los estudiantes la información básica que necesitan sobre los riesgos para la salud de la actividad sexual y también les dicen exactamente cómo protegerse (258). También en un estudio realizado en México, los estudiantes que tomaron cursos de educación para la vida familiar en los que se presentaba información precisa y concreta sobre los anticonceptivos y la prevención del embarazo tendían más a usar anticonceptivos que los que tomaron los cursos en los que se evitaban estos temas generalmente controversiales. Entre los estudiantes de los cursos en los que se trataba las distintas maneras de evitar el embarazo, el porcentaje de jóvenes sexualmente activos que usaban anticonceptivos aumentó del 20% al 70%. Entre los estudiantes sexualmente activos que recibieron información sobre los lugares donde podían obtener anticonceptivos, el porcentaje de estudiantes que usaban anticonceptivos se elevó del 42% al 81%. Los estudiantes cuyos cursos no tocaban estos temas declararon menos uso o ningún aumento del uso de anticonceptivos (378). El contenido de los cuatro programas estadounidenses que contribuyeron a modificar el comportamiento también se ocuparon de la presión social ejercida en los estudiantes para llevarlos a ser sexualmente activos y de los valores y aptitudes apropiados a la edad para ayudarles a practicar la abstinencia sexual o a negociar con la pareja el coito sin riesgos. Diseño y métodos del programa. Los cuatro programas emplearon una variedad de métodos para obtener la participación de los estudiantes y ayudarles a practicar nuevas respuestas frente a situaciones que podrían llevar a una relación sexual peligrosa (258). En el programa "Cómo reducir el riesgo", los estudiantes hablaron sobre las distintas maneras en que se los podría presionar para llevarlos al coito y aprendieron técnicas para manejar o evitar esas situaciones. Luego practicaron estas técnicas interpersonales mediante ejercicios de dramatización (44). En otros programas también se ha encontrado que si los estudiantes participan activamente en el aprendizaje se consigue influir más en su comportamiento que con meras disertaciones (262, 448). Por ejemplo, en estudios realizados en Zimbabwe se comparó una conferencia sobre el SIDA con una sesión de enseñanza de técnicas en la que, entre otras cosas, se colocaba un condón en un modelo y se practicaba la negociación del uso del condón. Cuatro meses después, los jóvenes que habían tomado ese curso estaban más enterados de los condones y su uso correcto, percibían menos obstáculos para actuar y tenían menos compañeros sexuales que los que sólo habían escuchado la conferencia (528). El programa estadounidense que condujo a un comportamiento más libre de riesgos tenía una duración de al menos 14 horas o hacía participar a los estudiantes en ejercicios con pequeños grupos (258). Hasta ahora, pocos estudios han comparado las estrategias de enseñanza para determinar cuáles son las más eficaces para modificar el comportamiento. Enfasis en la capacitación. Los cuatro programas estadounidenses con planes de estudio eficaces ofrecían de seis horas a tres días de capacitación para los maestros y compañeros educadores que enseñaban los cursos (258). Otra vez aquí es escasa la investigación realizada para evaluar los métodos de enseñanza y los planes de estudio. Existen, en cambio, muchos ejemplos de programas que han fracasado porque se descuidó la capacitación de los educadores. En programas de países en desarrollo los educadores se han resistido a enseñar esos cursos porque desaprueban el material, están apremiados por el tiempo o no se sienten preparados para enseñar la materia (97, 320, 344, 363, 425). Por eso, en algunos cursos de capacitación de maestros, como uno de Etiopía, se trata primero de mejorar las actitudes de los educadores que no quieren enseñar material pedagógico para la vida familiar (198). A menos que los programas escolares de educación para la vida familiar se concentren en información y técnicas específicas, adopten un criterio interactivo o de desarrollo de técnicas en la enseñanza y capaciten personal, no es probable que modifiquen el comportamiento. Tal vez las metas más razonables para los programas escolares de educación para la vida familiar que sólo ofrecen disertaciones sea incrementar el conocimiento y mejorar las actitudes. Después de todo, como señala Kirby, otros programas académicos que dependen de presentaciones en el aula miden su eficacia mediante las calificaciones de los exámenes y no a través de informes sobre el comportamiento de los estudiantes fuera de la escuela (259). Las investigaciones, sin embargo, han sido muy limitadas para poder asegurar que se han identificado todos los métodos que han dado resultado. Las características cruciales que distinguen a los programas eficaces deben identificarse en más detalle, refinarse, adaptarse a otros lugares y culturas y ensayarse otra vez. Al mismo tiempo los planificadores y propulsores de los programas pueden aprender importantes lecciones de las experiencias de los demás (véase el recuadro Diez lecciones útiles para los programas para adultos jóvenes). |