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Publicación del Population Information Program, Center for Communication Programs, The Johns Hopkins University School of Public Health, 111 Market Place, Suite 310, Baltimore, Maryland 21202, USA. Número publicado en colaboración con el: Center for Health and Gender Equity (CHANGE) es una organización dedicada a la investigación y promoción que busca integrar el interés por la igualdad de los géneros y la justicia social en las políticas y prácticas internacionales de salud. Se puede comunicar con el personal de CHANGE por correo electrónico dirigiéndose a: change@genderhealth.org or at http://www.genderhealth.org. Volumen XXVII, Numero 4 Temas sobre salud mundial |
El abuso basado en el género dificulta el desarrolloAdemás de los costos humanos, la violencia contra la mujer dificulta la participación de ésta en la vida pública y socava el bienestar económico de las sociedades. Si bien las técnicas para estimar los costos económicos y sociales de la violencia son imperfectas, los estudios han comenzado a dar a conocer las distintas maneras en que la violencia basada en el género menoscaba la participación de la mujer, reduce su productividad y eleva los costos en la economía, incluso los costos de la atención médica. Participación de la mujer. La violencia contra la mujer obstaculiza su participación en los proyectos de desarrollo y reduce su contribución al desarrollo social y económico. En México, un estudio en el que se trataba de aprender por qué las mujeres a menudo dejaban de participar en proyectos de desarrollo reveló que las amenazas de los hombres eran una importante razón. Los hombres percibían la creciente participación de la mujer en la sociedad como una amenaza para el control ejercido por ellos y las golpeaban para que dejaran de participar (73). En Papúa Nueva Guinea algunos maridos han impedido que las esposas asistan a las reuniones dejándolas encerradas en la casa, arrancándolas del vehículo que las llevaba a las reuniones, o persiguiéndolas y arrastrándolas hasta la casa (38). Aun si los hombres no impiden la participación de las mujeres, pueden valerse de la fuerza para privarlas de sus beneficios. Las mujeres que participan en los planes de microcrédito en Bangladesh y Perú y las que trabajan en la industria del vestido en las maquiladoras de México declaran que los maridos suelen golpear a sus esposas y quitarles lo que han ganado (73, 406, 407). Para evitar la violencia, muchas mujeres no se comportan naturalmente, sino que adoptan el comportamiento que consideran aceptable para el compañero, "convirtiéndose así en sus propias carceleras" (38). En Papúa Nueva Guinea, por ejemplo, en un estudio del Departamento de Educación se encontró que la razón principal que las maestras aducían para no aceptar los ascensos era el temor de que provocaran más violencia de parte del marido (174). Esos temores pueden llevar a producir efectos adversos en la salud de las mujeres y sus familias y a reducir, además, las entradas. El temor a la violación, por ejemplo, ha contribuido a la desnutrición de las familias etíopes refugiadas en campamentos en la zona fronteriza con Sudán (266). Las refugiadas etíopes encuestadas decían que temían ser violadas cuando salían a juntar leña. En efecto, muchas de ellas habían sido violadas durante las incursiones de 2 a 3 horas de duración para buscar combustible. En Gujarat, India, las promotoras de salud rurales que discutían los obstáculos que encontraban en el trabajo citaban especialmente su resistencia a ir solas de una aldea a otra porque temían que las violaran. Pidieron que se les enseñaran técnicas de autodefensa para continuar con su trabajo (249). Productividad de la mujer. Los investigadores han sólo empezado a explorar el impacto posible de la violencia en la participación de la mujer en la fuerza de trabajo y en sus ingresos, y los estudios presentan conclusiones discordantes. En estudios realizados en Santiago, Chile, Managua, Nicaragua y Chicago, Estados Unidos, por ejemplo, el impacto de la violencia en el hogar en la probabilidad de la mujer de estar empleada variaba grandemente (278, 312). Algunas mujeres trabajaban menos a fin de proteger a sus hijos o porque sus compañeros no las dejaban trabajar, mientras otras buscaban empleo para reducir su dependencia económica del agresor. La violencia en el hogar parece, empero, tener un impacto uniforme en los ingresos de las mujeres y en la capacidad de permanencia en el trabajo de éstas (47, 278, 312). En el estudio de Chicago se encontró que era más probable que las mujeres con historias de violencia en el hogar experimentaran intervalos de desempleo, cambiaran más a menudo de trabajo y sufrieran más problemas de salud física y mental que podían afectar su desempeño en el trabajo. También tenían ingresos más bajos y era más probable que recibieran asistencia pública (278). De la misma manera, en Managua las mujeres maltratadas ganaban 46% menos que las que no sufrían malos tratos, aun después de controlar otros factores que influyen en las entradas (312). La información obtenida en Estados Unidos sugiere que el abuso en la niñez también puede contribuir a reducir los logros educacionales y el ingreso de la mujer. Batya Hyman encontró en sus estudios que las mujeres que sufrieron abuso sexual en la niñez ganaban 3% a 20% menos anualmente que las mujeres que no lo sufrieron, según el tipo de abuso experimentado y el número de agresores (222). El abuso incestuoso influía directamente a través de su impacto en el estado de salud. Las mujeres que habían sufrido abuso sexual por extraños sufrían un efecto directo adicional en el ingreso. Costos para la economía. Para los países los costos de la violencia basada en el género son considerables. Por ejemplo, en un estudio realizado en Canadá en 1995, se estimó que la violencia contra la mujer le costó al país 1.500 millones de dólares canadienses (US$1.100 millones) en productividad de trabajo perdida y llevó a un aumento del uso de servicios de asistencia comunitarios (106). En otro estudio de Canadá se encontró que el costo de la violencia contra la mujer era mucho más alto, después de incluirse los costos de los servicios sociales, justicia penal, trabajo y empleo y el sistema de atención de salud. En este estudio se estimó que el abuso físico y sexual de las niñas y mujeres le costó a la economía 4.200 millones de dólares canadienses por año, de los cuales el gobierno desembolsa casi 90% (192). Naturalmente, las mujeres que han experimentado agresión física o sexual sea en la niñez o en la vida adulta recurren a los servicios de salud más a menudo que las demás mujeres, como lo demuestran estudios de Nicaragua, los Estados Unidos y Zimbabwe (147, 257, 273, 312, 394, 455, 464, 473). El promedio de intervenciones quirúrgicas, visitas al médico y la farmacia, hospitalizaciones y consultas acerca de la salud mental durante toda la vida de las víctimas de abuso es superior al de las demás mujeres, aun después de tener en cuenta otros factores que influyen en el uso de los servicios de atención de salud. Esa mayor necesidad de atención agrega considerables costos a los servicios de salud. Por ejemplo, en el estudio de HMO del estado de Washington, Estados Unidos (ver la pág. 18), se estimó que el costo añadido relacionado con el abuso en la niñez para este plan solamente superaba los US$8 millones por año (459). En otro estudio de HMO de Estados Unidos se encontró que las mujeres víctimas de la violencia del compañero le cuestan al plan de salud 92% más que una muestra al azar de mujeres que recibieron servicios del plan de salud ese mismo año. Los costos extra no se debían a los costos en exceso de la sala de servicios de urgencia (473). |
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