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Publicación del Population Information Program, Center for Communication Programs, The Johns Hopkins University School of Public Health, 111 Market Place, Suite 310, Baltimore, Maryland 21202, USA. Número publicado en colaboración con el: Center for Health and Gender Equity (CHANGE) es una organización dedicada a la investigación y promoción que busca integrar el interés por la igualdad de los géneros y la justicia social en las políticas y prácticas internacionales de salud. Se puede comunicar con el personal de CHANGE por correo electrónico dirigiéndose a: change@genderhealth.org or at http://www.genderhealth.org. Volumen XXVII, Numero 4 Temas sobre salud mundial |
Cómo llegar a los hombresUna parte importante de cualquier solución al problema de la violencia contra la mujer es trabajar con los hombres para modificar su comportamiento. Actualmente casi todo el trabajo programático con hombres ha consistido sobre todo en establecer programas de tratamiento para los hombres que cometen abuso. Iniciados en los Estados Unidos, esos programas se han extendido desde entonces a Argentina, Australia, Canadá, México y Suecia, entre otros países (14, 77, 93). En los Estados Unidos los tribunales generalmente requieren la participación de los hombres en los programas de tratamiento en lugar del encarcelamiento por abuso en el hogar y sexual, aunque algunos hombres participan voluntariamente. El contenido y la filosofía de los programas varían, así como su duración, que puede oscilar de tres a nueve meses. El objetivo principal es que los participantes acepten ser personalmente responsables de su comportamiento violento y aprendan maneras no violentas de controlar su enojo y los conflictos interpersonales. Algunos programas tratan explícitamente de confrontar las actitudes tradicionales hacia los papeles asignados a cada género y el dominio masculino en las relaciones (78, 207). Sólo unos pocos de esos programas han sido objeto de una rigurosa evaluación. La evaluación sugiere que la mayoría de los hombres (53% a 85%) que completan esos programas no cometen violencia física por un lapso de hasta dos años después del tratamiento (122, 187). Pero entre la tercera parte y la mitad de los hombres que se inscribieron en esos programas no los completaron. De modo que la proporción de la totalidad de los agresores beneficiados por los programas de tratamiento es pequeña (122). Además, mientras los hombres pueden abstenerse de la violencia física después del tratamiento, muchos continúan con otros tipos de comportamiento amenazador o coercivo hacia la pareja (122, 439). Pese a ello, en una evaluación reciente de programas en cuatro ciudades de Estados Unidos se encontró que la mayoría de las mujeres maltratadas se sentían “mejor” y “más seguras” después que sus compañeros ingresaron al programa de tratamiento (187). Otros programas recientes instan a los hombres a examinar sus suposiciones acerca de los papeles de cada género y la masculinidad y a convertirse en agentes de los cambios en la comunidad. En las Filipinas, por ejemplo, una ONG aprovecha la capacitación sobre los géneros como punto de entrada para la organización contra la violencia y los hombres del grupo ayudan a las mujeres que han recurrido al centro de crisis local (364). Recientemente en Kenya cientos de hombres de Nairobi tomaron parte en una marcha para hablar en contra de la violencia basada en el género (138). Existen grupos de hombres contra la violencia en Canadá, Nicaragua, Zimbabwe y otras partes del mundo (206, 300, 307, 465). Introducción de cambios en las normas comunitariasPara terminar con la violencia contra la mujer es menester cambiar las normas y actitudes y creencias culturales de la comunidad que dan lugar al comportamiento abusivo de los hombres hacia las mujeres y que permiten que éste persista. Una variedad de normas y creencias son especialmente poderosas y perpetúan la violencia contra la mujer. Entre ellas está la creencia de que el hombre es inherentemente superior a la mujer, que el hombre tiene el derecho a “corregir” el comportamiento de la mujer, que los golpes son una manera apropiada de disciplinar a la mujer, que el honor del hombre está ligado al comportamiento sexual de la mujer, y que los asuntos de la familia son privados y no es apropiado que otros intervengan (210). Los programas destinados a cambiar estas creencias deben envolver a la gente en conversaciones en lugar de alejarla por dar la impresión de tratar a los hombres como si fueran monstruos. Para instar a las personas a considerar nuevas normas, los programas han aplicado técnicas como el teatro comunitario y el trabajo en pequeños grupos. En Camboya, por ejemplo, el Proyecto Contra la Violencia en el Hogar patrocinó una compañía teatral ambulante para estimular la discusión sobre la violencia en el hogar y representar modelos del nuevo comportamiento. La compañía actuó en 35 aldeas de diversas partes del país y atrajo multitudes de 5.000 a 30.000 personas en cada representación (19). Es posible cambiar las leyes y promulgar los programas que mejor protejan a las víctimas de abuso, hacerle pagar más al agresor e influir en los valores culturales. Pero tal vez más importante es que las leyes cambien para que la mujer tenga más control de su propio cuerpo, de los recursos económicos y familiares y de su vida en general. Los programas de salud y otras instituciones pueden ayudar a cambiar la percepción —a menudo tan profundamente arraigada que es inconsciente— de que la mujer tiene fundamentalmente menos valor que el hombre. Repitiendo las palabras de la defensora de los derechos humanos Charlotte Bunch, “Solo cuando las mujeres y las niñas lleguen a ocupar su lugar en la sociedad como miembros fuertes e iguales, la violencia contra la mujer no será ya una norma invisible, sino una aberración espantosa” (443). |
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