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Normas y expectativasAl desatarse la crisis a principios de los años ochenta, se definía al SIDA como un problema de comportamiento individual. Pero hoy día, al alcanzar la epidemia proporciones catastróficas, se reconoce ampliamente que también se trata de una enorme crisis social. Las normas y expectativas sociales y la actitud y políticas de la comunidad hacia el papel y el comportamiento de los hombres y mujeres jóvenes contribuyen al riesgo que tienen de contraer el VIH/SIDA y dificultan los intentos de abordar la epidemia. Agravan el riesgo algunas prácticas culturales tradicionales (ver el recuadro Cómo puede hacer daño la cultura). Muchas veces se aplica un doble estándar al comportamiento sexual (39, 125, 221, 426). La virginidad es la norma tradicional para las jóvenes no casadas, mientras la búsqueda de aventuras sexuales es lo que se espera de los varones jóvenes. Por temor a tener que admitir que son sexualmente activas, muchas jóvenes se ven imposibilitadas de pedir información sobre cuestiones sexuales o de protegerse (299). En Brasil y algunos otros países, se considera normal y aceptable la infidelidad de los hombres casados (98). Entre los zulúes de Sudáfrica, el término isoka, con el que se denomina al hombre con numerosas parejas sexuales, es el máximo cumplido. En un estudio reciente, la noticia de que uno de los entrevistados había tenido el tercer hijo ilegítimo fue recibida con alivio por su familia pues era prueba de que había demostrado sin lugar a dudas su condición de isoka (381). En algunas sociedades se espera que tanto las mujeres jóvenes como los hombres jóvenes tengan experiencia sexual. En algunas comunidades de África Occidental se considera que la virginidad es anticuada, antisocial y malsana, y que las vírgenes son “frígidas” (321). En Camerún las normas que rigen la actividad sexual entre las adolescentes están tan arraigadas que tanto los hombres como las mujeres tienden a mostrar su desdén por las muchachas vírgenes. Las personas piensan que, mientras una joven no sea sexualmente promiscua, la experiencia sexual premarital mejora sus perspectivas matrimoniales (238). Pobreza y privaciónHoy día el SIDA es mayormente una enfermedad de la privación (403, 410). Un análisis de 72 países realizado por el Banco Mundial muestra que, a nivel nacional, tanto el bajo ingreso per cápita como la distribución desigual del ingreso están relacionados con altas tasas de infección por el VIH. Entre los adultos de zonas urbanas de un típico país en de- sarrollo se ha encontrado que un aumento de US$2.000 del ingreso per cápita está relacionado con una tasa de infección por VIH 4 puntos porcentuales más baja (7). En un clima de privaciones, los jóvenes, y en particular las mujeres jóvenes, están especialmente en riesgo. En Kenia, por ejemplo, las adolescentes de hogares pobres e inestables tenían más probabilidades de haber tenido más experiencia sexual que las mujeres de hogares en mejores condiciones (189). En Ecuador la actividad sexual arriesgada por parte de los adolescentes era más común en las familias con ingresos de un solo asalariado que en las que había dos o más asalariados (109). En numerosos países las mujeres jóvenes, carentes de oportunidades, piden ayuda a los hombres, ofreciéndose a ellos a cambio de seguridad y arriesgándose a ser infectadas por el VIH. Los riesgos son mayores cuando los hombres son de más edad que ellas. En Tanzania, por ejemplo, donde a causa de la creciente pobreza los matrimonios tradicionales convenidos por terceros se han hecho más difíciles, las mujeres jóvenes compiten por la atención de los hombres de más edad, mejor establecidos que los jóvenes y por lo tanto más atractivos como posibles maridos (205). A menudo esta práctica está impulsada por la esperanza de los padres de recibir ayuda financiera de los hijos (434). Algo parecido ocurre en Nicaragua, donde los cataclismos económicos han llevado a que muchas jóvenes prefieran hombres mayores que puedan cuidarlas mejor (426). Aunque las motivaciones para este comportamiento son complejas (434), las mujeres jóvenes a veces entran en relaciones con hombres mayores , llamados “sugar daddies” en el África Subsahariana, que les pagan los aranceles escolares, les hacen regalos y les ofrecen otros alicientes (205, 238, 255, 315, 434). Otras jóvenes establecen relaciones similares con hombres jóvenes (134, 205, 255, 267). En Sudáfrica muchas mujeres jóvenes tienen relaciones sexuales a cambio de favores, regalos y dinero (217). Unos pocos estudios dan a conocer arreglos parecidos entre hombres jóvenes y mujeres de más edad, como en Camerún y Sudáfrica, donde algunos hombres jóvenes tienen “sugar mummies” (238, 322). Las penurias económicas y los disturbios civiles llevan a que un número cada vez mayor de hombres y mujeres jóvenes se vean arrastrados fuera de sus hogares para buscar trabajo en pueblos y ciudades. Muchos de ellos entablan múltiples relaciones sexuales que llevan consigo el riesgo de infección por el VIH y transmiten así el virus de un lugar a otro (111, 247). Las trabajadoras migrantes, muchas de ellas jóvenes no casadas dedicadas a trabajos domésticos y de temporada, a menudo son víctimas de la explotación sexual (277). La pobreza y la falta de alternativas son también las razones principales por las cuales muchos niños se dedican al trabajo sexual (31, 37, 137, 176, 219). En algunos países de Asia las mujeres jóvenes se inician en el comercio sexual con la sanción de los padres a fin de enviar dinero a la familia (56, 202). Intolerancia y discriminación socialCuando las sociedades no reconocen que las personas jóvenes tienen los mismos derechos humanos que los adultos, los convierten en sujetos más vulnerables a la intolerancia y la discriminación. Las políticas dirigidas a la juventud suelen reflejar las opiniones de los adultos sobre lo que los jóvenes deben y no deben hacer, no lo que los jóvenes realmente necesitan. Las políticas discriminatorias, por ejemplo, no respetan la necesidad de los jóvenes de mantener el secreto médico, lo que puede restringir el acceso a la información (127, 361). Muchos jóvenes examinados que resultaron VIH-positivos se enteraron de su condición no a través de los proveedores de atención de salud sino a través de sus padres, que fueron informados sin el consentimiento del hijo (130). Los prejuicios basados en la orientación sexual y la discriminación debida a la infección por el VIH añaden sustento a la epidemia de SIDA (162). Muchas sociedades contribuyen a la propagación del VIH/SIDA al estigmatizar y proscribir a menudo el comportamiento homosexual (55). Hasta fecha reciente, la iglesia católica no reconoció en Irlanda la existencia de la homosexualidad, de modo que los funcionarios de salud no respondían a los casos de SIDA entre los hombres homosexuales (336). En los Estados Unidos se tildó inicialmente al VIH/SIDA de “enfermedad de los gays”, lo que llevó a que el resto de la sociedad se distanciara de la epidemia y dificultó la obtención de fondos del gobierno para los programas de prevención a principios de los años ochenta (97). Actitudes como estas afectan en particular a los jóvenes que experimentan con la idea de ser bisexuales o gay, o la aceptan, lo que lleva a un clima de ocultación o vergüenza (283). |